Deshojando margaritas

¿Ha sido un camino fácil llegar a la conclusión y el entendimiento de que Dios existe? Mi experiencia habla de un viaje complicado, lleno de señales distractoras y señuelos que siembran la duda. Y, gracias a ellos, puedo decir que mi fe se ha fortalecido más, pues a pesar de todo obstáculo, se ha mantenido firme y robusta.

El título de este post puede sonar raro. Lo que quiero dar a entender con él es el proceso de llegar a una conclusión, luego de examinar distintas posibilidades. Mi camino como creyente habla de una serie de elementos desplegados delante de mí, de un análisis de todos ellos, de un proceso de selección y descarte, de constantes preguntas y posibilidades de verdadero/falso. Habla de largos momentos de reflexión y pensamiento, así como de lecturas y visionados de contenidos.

¿Por qué tan así? Por la simple razón de que no me quedo únicamente con lo que nos ofrece esta vida finita. Desde siempre, hubo la inquietud de ir más allá, de explorar el sentido de estar vivo. ¿Por qué y para qué? ¿Solo para vivir 70, 80 o incluso menos años y que todo lo conseguido en ese tiempo al final no signifique nada? Podrían decirme que si uno, en vida, logra cosas importantes, estas servirán para las generaciones futuras. Concedo eso, pero para a ese uno, ¿en qué lo beneficia cuando ya no exista? Si fue un genio o una luminaria, posiblemente será recordado y hasta tendrá un monumento. Ya. Pero si el tipo está bien muerto, ¿de qué le sirven todos esos homenajes?

No, la vida no puede circunscribirse únicamente a nuestra estancia en la Tierra. Pero ese es solo el comienzo de una reflexión interminable. A lo largo de la vida, vamos a encontrar innumerables fuentes y explicaciones que intentarán responder a las clásicas cuestiones de ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? Filosofías, religiones, pensamientos, doctrinas, ideologías. Recibiremos toneladas de información que deberemos procesar en orden de aproximarnos a la verdad: deshojar margaritas.

Existen quienes dicen que las creencias de cada hombre dependen de la geografía. Si naciera en Oriente, probablemente sería musulmán, hinduista o budista; si naciera en Occidente, sería cristiano, católico o integrante de alguna secta como los mormones o testigos de Jehová. Lógicamente, si no están interesados en estos temas, muchos simplemente heredarán la religión o el sistema de creencias de sus antepasados y no se cuestionarán nada. Pero no pasa eso con quienes siempre hemos querido hallar pistas que nos conduzcan a las respuestas que buscamos. En mi caso, provengo de una familia eminentemente católica, pero lejos de quedarme con eso, saqué la cabeza de la burbuja en la que estaba metida y busqué; busqué mucho hasta encontrar la verdad en el cristianismo protestante (o si quieren, evangélico).

Pero antes de definirme, incluso me pregunté si la idea de Dios era algo que tuviera sustento real o era, como afirman muchos, un delirio o una fantasía creada por el hombre para apaciguar sus miedos. ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? Había que deshojar margaritas.

Seamos honestos. ¿En algún momento, la idea de un ser superior eterno que no fue creado, sino que siempre estuvo, no les pareció ciencia ficción? ¿Cómo era posible que una entidad inconmensurable existiera y tuviera poderes infinitos para crear el universo y todo lo que en él hay, incluida la Tierra y sus habitantes (nosotros)? Al pensar a ese ser superior y no poder entenderlo, cualquiera podría decir: no hay forma de que exista. Pero entonces pensamos: ¿Cuál es la otra alternativa? Y el asunto se torna aún más complicado de otorgarle crédito: que el universo y todo lo que en él hay, incluida la Tierra y sus habitantes (nosotros), surgió de la nada. Porque no hay una tercera opción. O bien todo fue creado y diseñado por un ser superior (Dios) o todo fue producto de la nada, del azar y de una enmarañada, incomprensible y disparatada conjunción de eventos cósmicos que obraron por sí solos hasta convertir el caos en orden perfecto.

El solo sentido común debería bastar para decantarnos por la idea de un Dios creador/diseñador, pues la otra posibilidad realmente es insostenible y paradójicamente requiere del hombre más fe que la de un creyente en Dios. Una fe absolutamente irracional para creer que de la nada pudo surgir algo que, a la postre, lo formó todo.

Dicen los ateos que no hay evidencias suficientes de que Dios exista. Las evidencias están, pero no quieren verlas. En todo caso, ¿cuáles son las evidencias de que la nada dio origen a todo?

Cada nueva duda que aparecía y amenazaba las creencias que yo iba acumulando me movía a buscar alternativas de solución. Así como descarté la idea de un universo surgido del azar, descarté también otras religiones. ¿Por qué Jesucristo sí y por qué no Buda, Alá, Brahman, Zoroastro o Zeus? Nuevamente, deshojando margaritas, concluimos que, para llegar a buen puerto y al discernimiento absoluto, había que establecer la fuente inequívoca de la verdad. Y eso nos condujo indefectiblemente a la Biblia. Se trata de un texto extraordinario que abarca a más de cuarenta autores inspirados por Dios, 66 libros cohesionados entre sí (sin que todos sus autores se hayan conocido) y 1.500 años de distancia entre unos escritos y otros (y aún así con una organicidad irrompible). La Biblia contiene profecías cumplidas, enseñanzas de innegable sabiduría, personajes y eventos históricos; nos cuenta de la creación del mundo, de lo que pasó y de lo que está por venir —incluido el final de los tiempos—. No hay libro más completo que la Biblia. Y la Biblia, esencialmente, nos habla de Jesucristo, salvador del mundo, Dios hecho hombre.

Si nos parece difícil entender y aceptar a Jesús, enviado por Dios Padre a morir para pagar por el pecado del hombre, más difícil nos será otorgarle credibilidad a otros personajes como Buda (que únicamente fue un hombre llamado Siddharta Gautama), Alá (el dios de una religión retrógrada, misógina y, en sus facciones más radicales, violenta), Brahman (que es un dios entre miles de una religión politeísta), etcétera, etcétera. Jesucristo es el único que declaró su divinidad y demostró que era Dios mediante los muchos milagros que realizó, mediante la sabiduría perfecta que desplegó en sus enseñanzas, mediante su obediencia al Padre para someterse al sacrificio como Cordero de Dios para cumplir con su misión mesiánica, y mediante su resurrección.

El mundo secular sigue atacando al cristianismo sin piedad. Hoy más que nunca. Pero aún así, el cristianismo se levanta incólume. Podremos recibir cientos de mensajes que intenten desbaratarlo. Y si por un momento alguno de esos mensajes te genera dudas, solo mira a un lado e inspecciona la alternativa que te ofrecen. Pronto te darás cuenta de que esa alternativa —cualquiera que sea— no cumple como evidencia mínima. Leerás que Stephen Hawking dijo que estamos en capacidad de aceptar que el mundo fue posible sin necesidad de Dios. Escucharás las diatribas de Richard Dawkins, el ateo más visceral de nuestros tiempos, afirmando que el universo surgió de la nada, de una nada que en realidad era algo (?). Y habrá miles de voces más gritando con ferocidad que Dios no existe, que es un amigo imaginario, que no hay ninguna evidencia de que es real. Entonces solo mira las alternativas que esas mismas voces te ofrecen y te darás cuenta de que vienen con las manos vacías. Solo gritan su insatisfacción, su enojo.

Siempre que llegue a ti una duda, examina las alternativas, deshoja margaritas, y verás que ninguna de ellas puede ofrecerte una verdad razonable ni, mucho menos, tiene cómo dinamitar las férreas estructuras de la doctrina cristiana.

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